Programada Para Fallar

Puede que tú decidas algunos comportamientos
de los personajes del juego.
Pero es el programador quien decide el
comportamiento del juego.

Vamos a ver cómo vas de reflejos mentales. Responde lo más rápido que puedas:

El vaso y la cuchara valen un euro y diez céntimos.

El vaso es un euro más caro que la cuchara.

¿Cuánto cuesta la cuchara?

Si has pensado “diez céntimos”, acabas de experimentar una de las múltiples formas que MIA tiene de hacer que te equivoques.

Tómatelo ahora con más calma y pon a trabajar a tu perezosa Conslenta.

Te darás cuenta de que, si el vaso vale un euro más que la cuchara y la cuchara costase diez céntimos, el vaso tendría que valer un euro y diez céntimos.

O sea, que la suma total sería un euro y veinte céntimos y no un euro y diez céntimos.

La respuesta correcta es…

Chica curiosa: ¡cinco céntimos!

Muy bien.

Se trata de algo que todos podríamos haber descubierto si MIA no estuviese tan programada para fallar.

Pollitortuguita: MIA, ¿y por qué me haces esto?

Conslenta: Joven, la rapidez tiene un precio.

MIA: Además, en mi mundo no hay ni vasos ni cucharas… y mucho menos euros.

Conslenta: Cuando dice “mi mundo” ya saben a lo que se refiere, ¿verdad?

Pollitortuguita: ¿El cavernícola?

Así que no la culpes.

Debido a su cronotrastorno, sabes que MIA comete todo tipo de fallos. Errores de cálculo y juicio con una gran trascendencia en el mundo de hoy. Pero que tú no vas a sentir como tales.

¿Por qué?

Porque, como ya has visto, MIA ha evolucionado para salvarte del oso, de aquella tribu hostil o para ayudarte a cazar ese mamut.

Y, por muy potente que sea su capacidad computacional, en ciertas situaciones de urgencia era incapaz de procesar toda la información disponible.

¿La solución? Filtrar dicha información de forma selectiva. Sacrificar la precisión por la velocidad y la utilidad.

Resumiendo, MIA tiene en cuenta muchas cosas, pero saca conclusiones un poco “a ojímetro”. Algo que les resultó muy útil a tus antepasados en el entorno paleolítico al que tuvieron que enfrentarse.

Señor de los borregos: Veo que os gusta sacaros muchas cosas de la manga.

Señor de las excusas: Sí. ¿Cómo sabéis que esa forma de equivocación sistemática fue útil en el pasado?

Mario Luna: Porque la ha favorecido la selección natural.

Dicho de otra forma: si dichos atajos mentales no hubiesen sido prácticos, ten por seguro que no los habrías heredado.

A este tipo de inclinación de MIA se la conoce como sesgo cognitivo y la introdujeron Amos Tversky y el premio Nobel Daniel Kahneman en 1972. Como habrás imaginado, su trabajo nos ha resultado de enorme utilidad para ofrecerte esta joya.

Pero la lista de sesgos cognitivos es interminable.

Por ejemplo:

En un lago hay un pequeño parche de hojas de nenúfar.

Todos los días, el parche se duplica en tamaño.

Si tarda 48 días en cubrir todo el lago, ¿cuánto tiempo le llevará cubrir la mitad del lago?

De nuevo, si te dejas llevar por MIA es probable que ésta no se complique la vida y equipare mitad del lago con mitad de días. Y tu respuesta será 24, en lugar de 47.

Pollitortuguita: No, no… ¿Cómo va a cubrir la mitad del lago sólo un día antes?

Tu Mejor Tú: Piensa bien, crack.

Si se dobla cada día, el día anterior debía ser justo la mitad.

¿Lo ves?

Sea cual haya sido tu primera respuesta, te habrás percatado de que mientras que dividir 48 por la mitad y decir 24 es casi automá-tico, llegar a la conclusión de que no cubre la mitad del lago hasta el día 47 exige un esfuerzo mental y algo más de tiempo.

¿Por qué?

Porque, como has visto, requiere frenar el impulso que te suministra MIA y poner a trabajar a Conslenta.

Pollitortuguita: Señora, creo que usted y yo no hacemos buenas migas.

Conslenta: Es falta de hábito, joven. ¡Debe usted usarme más!

Pollitortuguita: ¿Y qué puedo hacer? Si es que me vienen las respuestas equivocadas sin proponérmelo…

Efectivamente, lo primero te viene a la mente de forma automática, como un resorte. En cambio, para llegar a la respuesta correcta sientes que has de accionar —casi a fuerza de manivela— el pesado engranaje de Conslenta.

En otras palabras, has de esforzarte.

Señor de las excusas: Bueno, pero es sólo esfuerzo mental…

Señor de los borregos: Sí, eso no cuenta.

Otro topicazo falso.

¿Recuerdas lo que aprendiste en el capítulo “Administra tu ganasolina”? – Repasa el capitulo –

Chica curiosa: Sí. Que energía sólo hay una.

Exacto.

Por eso, dicho esfuerzo mental es tan real como los procesos fisiológicos que lo acompañan.

Si puedes medirlos, comprobarás que durante esos momentos incómodos ocurren cambios en tu cuerpo. Tus pupilas se dilatan, se produce un aumento de la frecuencia cardiaca y la presión arterial, y se activan las glándulas sudoríparas.

Pollitortuguita: Se os ha olvidado decir lo del humo.

Tu Mejor Tú: ¿Cómo?

Pollitortuguita: Sí, el humo que sale por la cabeza. Miradme.

Mario Luna: Pollitortuguita, te hemos dicho que aquí no se fuma…

Chica curiosa: Primo, deja de hacer el tonto y presta atención.

Resumiendo:

Analizar un problema con rigor consume ganasolina.

¿Te sigue sorprendiendo que la gente sea tan manipulable y le guste tan poquito pensar?

Señor de la superstición: ¿Para qué pensar? Basta con sentir que ya lo tienes.

Tu Mejor Tú: A eso nos referimos.

Pero, pese al esfuerzo, vale la pena.

Como bien se ha cansado de demostrar Daniel Kahneman, dejar las decisiones y juicios importantes en las manos de MIA puede resultar catastrófico.

Desde guerras que podrían haberse evitado hasta catástrofes económicas. Calamidades todas basadas en errores de juicio que jamás cometería un simple ordenador.

Este premio Nobel nos lo ha dejado bien claro:

Si bien es muy útil dejarse llevar por MIA al tomar decisiones de poca trascendencia, llegarás más lejos cuestionándola en las importantes.

Cuando se trata de elegir entre cosas que tendrán un gran impacto sobre tu vida, haz el esfuerzo y recurre a Conslenta.

Chica curiosa: ¿Algún ejemplo de cómo dejarnos llevar por MIA nos puede perjudicar?

Tu Mejor Tú: La valoración del riesgo.

Por eso, cada vez que sopeses un riesgo, piénsalo dos veces.

De hecho, un sesgo cognitivo típico de MIA es sobreestimar el riesgo a corto plazo e infravalorar el riesgo a largo.

En este sentido, nos parecemos un poco a las ranas.

Pollitortuguita: ¿Ranas?

Sí.

Coloca a una rana en un cazo con agua muy caliente y ésta hará lo posible por escapar.

Ponla en el mismo cazo con agua fría. Caliéntala poco a poco y el animalito se sentará tan pancho hasta que esté cocido.

Señor de las excusas: Tonto ejemplo, porque… ¡¡no somos ranas!!

Mario Luna: Antes de seguir metiendo la pata, lee El universo y la taza de té, de K. C. Cole. Tal y como nos explica la autora citando al matemático Sam C.

Saunders, los seres humanos somos particularmente vulnerables al riesgo lejano. O al que se acumula de forma gradual.

Y la razón es simple: MIA no viene equipada para lidiar con ese tipo de riesgos.

En este sentido, no somos tan distintos de un simple batracio. Para convencernos de ello, Saunders nos pide que hagamos el siguiente experimento mental:

Imagina un universo en el que los cigarrillos no son perjudiciales.

Eso sí, uno de cada 18.250 es explosivo.

Parece un cigarrillo totalmente normal, pero si te lo fumas te vuela la cabeza.

En semejante situación,

¿cuánto tardaríamos en prohibir totalmente los cigarrillos?

Piensa —argumenta Saunders— que si se venden una media de 30 millones de paquetes al día, moriría al día un promedio de 1.600 fumadores en explosiones.

¿Lo imaginas?

1.600 cabezas explotando al día.

Tan espectacular como espantoso.

En tal situación, ¿cómo reaccionaría la sociedad?

¿Cuánto tiempo tardarían en prohibir totalmente su comercialización? ¿Un día? ¿Dos? ¿Una semana?

Pues bien, 1.600 es exactamente el número de muertes diarias que se espera del consumo habitual de tabaco en el mundo real.

¿Qué te parece?

No hay explosiones peliculeras, pero sí mucha más enfermedad, dolor y sufrimiento.

Algo que, si te paras a pensarlo, es todavía más trágico.

Moraleja:

aceptamos sin problemas agonizar cocidos a fuego lento,

pero no estallar como un petardo.

¿Lo ves? ¿A que no somos tan diferentes de la rana?

Chica curiosa: Ni lo más mínimo.

Y no lo somos por la misma razón de siempre:

En la naturaleza, una rana no se encuentra con situaciones de ese tipo.

Por eso, ni su mente ni nuestra MIA vienen adecuadamente equipadas.

Es decir: no cuentan con lo necesario para llevar a cabo un análisis racional de muchos tipos de riesgo.

¿Te sigues sorprendiendo de que el mundo vaya como va?

Pues asúmelo: muchas de las respuestas automáticas de MIA no van a ayudarte demasiado.

Los publicistas y políticos lo saben. Entienden que nuestro cerebro está repleto de vulnerabilidades que les permiten hackear nuestras mentes.

Y eso nos hace especialmente manipulables.

Chica curiosa: Así que a tener cuidadito con lo primero que te sale…

Pollitortuguita: Sí, prima. Ahora entiendo mejor lo que decíais antes.

Mario Luna: En el capítulo “No seas tú mismo”, ¿verdad?

Efectivamente, cada vez que alguien anima a que tomes decisiones importantes dejándote llevar, desconfía.

Señor de los borregos: ¿Qué insinuáis?

Mario Luna: Que si una organización, político o marca intentan que reacciones de forma espontánea…

Tu Mejor Tú: …es probable que te estén tratando de manipular.

Señor de los borregos: Sois lo peor.

Lo quiero aquí y ya: Pretendéis quitarle la chispa a la vida.

Señor de los borregos: Y convertir a la gente en robots.

Tu Mejor Tú: ¿Te funciona eso con las hordas de atrapados a las que le sorbes el seso?
Por suerte, tú, lector, sabes que es justo lo contrario.

Al invitarte a que renuncies a la espontaneidad para ciertos temas, te incitamos a que recuperes tu poder. Y tu libertad.

Chica curiosa: Lo he entendido.

Entonces has entendido que, cuanto más importante sea algo, más a fondo has de examinarlo.

Como decía Sócrates:

Una vida que no se cuestiona no merece ser vivida.

En este sentido, sé modesto.

Acepta que, por mucho que MIA te quiera, cuando no reflexionas sobre las cuestiones importantes eres carne de cañón.

Así que mucho cuidado con la espontaneidad. No caigas en…

Sigue leyendo.

Psicología del Éxito – Mario Luna