El Secreto: Parte 3

¿No hemos tenido ya suficiente? Es hora de separar.

Y se puede.

Sabemos de científicos de gran talla que han profesado la fe.

Por ejemplo, el sacerdote belga Georges Lemaître, a quien debemos la teoría del big bang.

Por supuesto, también conocemos encarnizados defensores del ateísmo, como Richard Dawkins. ¿Y acaso es de extrañar que su trabajo haya sido atacado una y otra vez por radicales creacionistas?

Pollitortuguita: ¿Creacionistas?

Chica curiosa: Creyentes que interpretan la Biblia en sentido literal o casi literal y que no aceptan la teoría de la evolución, de Darwin.

Correcto.

Y ése es el gran peligro de no entender que la fe y el método científico son como el agua y el aceite.

Por suerte, contamos con figuras religiosas destacadas que entienden esto. Algunas de ellas, cuando no han abrazado directamente la ciencia como investigadores, han mostrado un enorme respeto y curiosidad por ella, apoyándola e impulsando así el desarrollo humano.

Sin ir más lejos, el papa Francisco ha hecho hincapié en que Dios no es como un mago con varita mágica y ha defendido las teorías de la evolución y del big bang.

Al final, puedes creer lo que quieras. Siempre que entiendas que:

La religión pervierte la ciencia.

Y la ciencia pervierte la religión.

Chica curiosa: Entiendo que la religión pervierta la ciencia, al sesgarla, pero… ¿al revés?

Autor: Al revés, también. Porque:

¿Qué clase de fe es aquella que necesita pruebas científicas?

Si crees en una entidad superior, si te decantas por la existencia de Dios y este Dios te pide fe, ¿por qué iba a darte muestras de su existencia?

¿No sería privarte justo de lo que espera de ti?

En el momento en que esperas que cualquier clase de experimento u observación del mundo pueda ratificar una cuestión de fe:

Es que no has entendido bien el significado de la palabra “fe”.

Pues, aun hablando desde un punto de vista estrictamente religioso:

Buscar pruebas empíricas de Dios es reducir a Dios a una hipótesis científica.

Por eso, libros como El Secreto son una obscenidad.

Representan un ataque simultáneo a la ciencia y a la sensibilidad de cualquier hombre o mujer verdaderamente espirituales.

Pero ¿es El Secreto el auténtico culpable?

No.

¿Lo es su autora? Tampoco.

Ambos son sólo paradigmas de la verdadera tragedia:

1. El pensamiento mágico.

2. La cantidad de personas que sucumben a él.

El hecho de que haya arrastrado a millones de humanos civilizados a invocar al universo para que les encuentre aparcamiento sólo puede significar una cosa:

Estamos pagando un enorme coste de oportunidad.

Un precio que, como ya hemos recalcado, pagamos no sólo por creer en El Secreto, sino cada vez que nos dejamos atrapar por Señor de la superstición. En cualquiera de las apariencias que adopte.

Esa persona que desperdicia lo mejor de sí memorizando complejas gilipatrañas, ¿qué podría estar haciendo en otras circunstancias?

¿Descubrir la cura definitiva de alguna enfermedad?

¿O quizás formaría parte de un equipo que desarrolla sistemas de energía renovable y sostenible.?

También podría ser un ingeniero perfeccionando los coches que se conducen solos. O ideando robots para que ciertas labores peligrosas o monótonas jamás vuelvan a ser realizadas por un ser humano.

Quién sabe.

A lo mejor estaría escribiendo un libro. O dedicando su tiempo a crear una biblioteca de conocimiento como este lugar. U otro muy similar.

Chica curiosa: La verdad, me cuesta imaginar un mundo en el que la gente se tomase en serio su potencial.

Tu Mejor Tú: Sin embargo, dicho potencial está ahí.

Autor: Y merece que lo tomemos en serio.

Como individuos y como sociedad.

Pregúntatelo:

¿Qué pasará cuando dejemos de esperar el milagro y empecemos a ser nosotros ese milagro?

Porque podemos serlo.

Pero, por la razón que sea, nos han convencido de que no es así.

Y ya que El Secreto es burdamente materialista, tomemos el éxito material como ejemplo.

Ésta y otras creaciones igualmente miopes parten del mismo principio:

Hay que atraer a la riqueza.

Nos dicen —y nos creemos— que la riqueza está ahí fuera y que ha de venir hacia nosotros.

Cuando, en realidad, siempre hemos tenido dentro la capacidad de crearla.

Piensa en lo que quieres y el Universo te dará riqueza.

O:

Ten pensamientos de riqueza y atraerás la riqueza hacia ti.

O:

Pide riqueza y riqueza te será dada.

¿Captas la psicología de escasez que hay detrás de estas promesas?

Al final, siempre apelan a la misma mentalidad del mendigo:

No hay riqueza dentro de mí.

La riqueza está fuera.

Te dará, atraerás, pide…

¿Por qué? Porque tú no tienes.

Si quieres algo, el Universo o Dios o alguna fuerza habrán de atraerlo hacia ti.

Pues, en el fondo, tú eres como un desierto árido y pobre.

Chica curiosa: Entiendo. Nos han enseñado que la riqueza es como una tarta.

Pollitortuguita: ¿Como una tarta?

Autor: Sí, Pollitortuguita. Hay una tarta, limitada.

Tu Mejor Tú: Y alguien se está zampando la porción que te toca.

Pollitortuguita: ¡Nooo!…

Autor: Si quieres más tarta, debes robarla o mendigarla a otras personas.

O a Dios o al Universo.

Idea más que trágica, porque:

¿Desde cuándo se atrae a la riqueza? La riqueza se crea.

¿Y hay algo más lamentable que ver a un príncipe actuar como un mendigo?

Cuando lo cierto es que:

Haya las tartas que haya, tú siempre puedes hacer más tarta.

¿Comprendes el estado de trance en el que vivimos sumidos?

Chica curiosa: Sí. Me han convencido de que soy un simple comensal.

Tu Mejor Tú: Cuando lo cierto es que eres mucho más que eso.

¿Lo ves?

No sólo tienes la capacidad de comerte trozos de tarta y de ver cómo otros devoran su parte.

Lo creas o no, hay una tercera opción:

Ponerte el gorro de cocinero y hacer más tartas.

Mientras los pordioseros se peleen repartiéndose la tarta que alguien les haya dado:

Tú podrás disfrutar de tantas tartas como quieras.

Pues habrás comprendido que tienes la capacidad de cocinar.

Y esto es algo que todo creador ha experimentado alguna vez.

Así que, si quieres comprender todo lo que aquí enseñamos, tatúate esto de por vida:

La riqueza no hay que buscarla fuera.

Hay que generarla desde dentro.

Señor de los borregos: Tonterías. Un Porsche o un Ferrari no se generan desde dentro.

Señor de las excusas: Bien dicho. Se compran o te los regalan.

Autor: Buen ejemplo.

Pues, aun desde la óptica más materialista, se aprecia que, fuera de nosotros, como mucho hay materias primas.

Pollitortuguita: No entiendo…

Autor: Muy fácil. Estamos hablando de Ferraris,

¿No?

Pollitortuguita: Sí. Me gustan mucho.

Autor: Fantástico. ¿Cuánto vale un Ferrari?

Pollitortuguita: Una pasta.

Autor: ¿Y la materia prima de la que está hecho?

En otras palabras, ¿te considerarías rico si tuvieras diez Ferraris? ¿Y si poseyeras el material en bruto para crearlos?

¿Lo ves? La riqueza nunca estuvo fuera.

Siempre se encontró dentro de una o varias mentes.

Algunas de ellas participaron en el diseño de la carrocería,

otras ingeniaron su motor,

otras pensaron en los procesos de fabricación…

Pero la mayor parte del valor del cochazo vino de dentro, no de fuera.

Señor de las excusas: ¿Y qué?

Señor de los borregos: Ninguno de los aquí presentes puede construir un Ferrari.

Pollitortuguita: Es verdad. Yo no sé.

Ni falta que te hace. Eso es lo bueno de formar parte de una sociedad.

Tu trabajo no es crear un Ferrari desde cero. Basta con que seas el que sabe hacer una pieza mejor que nadie. O con que aportes valor a la sociedad de cualquier otra forma.

Si generas suficiente valor, esa misma sociedad te permitirá “canjearlo” por un Ferrari. O varios.

Lo importante es que te quede claro que:

El tiempo que pasas buscando o invocando la riqueza deberías emplearlo en generarla.

Dicho de otra forma:

El mundo no es un almacén, es una fábrica.

Y tú eres el fabricante.

Después de todo, ¿qué futuro tiene un juego en el que la riqueza simplemente pasa de manos?

De acuerdo, muchos de nosotros no conocíamos otro.

Hasta ahora.

Y aunque a algunos sectores de la sociedad se les ha permitido zambullirse de lleno en dicho juego y convertirse en parásitos del sistema, ¿no es momento de imponer otro mejor?

Uno en el que, en lugar de limitarnos a cambiar los recursos de sitio, generemos otros nuevos.

Chica curiosa: Es mucho más prometedor.

Tu Mejor Tú: A fin de cuentas, ¿qué diferencia a las sociedades más prósperas?

No suelen ser las que poseen más materias primas, sino las que han desarrollado una mayor capacidad de manipularlas.

Y al revés. Cuando pensamos en el mundo subdesarrollado, ¿no echamos en falta precisamente esa capacidad para transformar el entorno generando grandes cantidades de valor adicional?

Ya sea por la coyuntura sociopolítica, ya por sufrir los efectos del poscolonialismo, o porque haya poderosos intereses en contra observamos lo mismo: la inexistencia de un buen sistema de generación de riqueza.

Chica curiosa: Es verdad. La riqueza rara vez es una cuestión de recursos naturales.

Señor de las excusas: En este momento debe haber algunos jeques del petróleo riéndose de vosotros.

Tu Mejor Tú: Depende de si han oído la expresión “pan para hoy, hambre para mañana”.

Por supuesto, puedes basar tu abundancia en minas de algún metal o mineral valioso.

O en pozos de yacimientos de combustible fósil.

Pero si quieres extenderla a lo largo del tiempo o incluso multiplicarla, antes o después debes abrazar la vía creadora.

Pues:

La prosperidad que te da explotar recursos limitados siempre será limitada.

Pero la verdadera riqueza no es finita.

Como te mostraremos en el capítulo “Sostenible y escalable”, ha de contar con estos dos
requisitos.

Esto quiere decir que tiene que poder mantenerse a lo largo del tiempo.

Y, además, ha de ser susceptible de que otros la generen por los mismos medios.

Señor de los borregos: Habláis de macroeconomía, de medios de producción, de tecnología…

Señor de las excusas: Pero la vida del lector es mucho más simple.

Señor de los borregos: Si. La gente quiere más salud, más éxito en el amor o más dinero.

Señor de la superstición: Y eso es precisamente lo que El Secreto les enseña a atraer.

No.

Sólo lo que les promete.

Y aunque esta clase de corrientes mencionen frillones de veces la palabra “abundancia”:

Recuerda que en el fondo no hacen más que reforzar en ti la mentalidad del pedigüeño.

¿El denominador común de todas ellas?

Te educan para pedir cosas.

No para crearlas.

Pollitortuguita: Pero es que yo no sé si soy capaz de crear nada…

Tu Mejor Tú: Claro que sí, crack.

Autor: ¿Te acuerdas del capítulo “Cultiva tu superpoder”?

Pollitortuguita: ¿Y con eso puedo generar algo que valga?

Claro.

Repasa el capítulo.

Pollitortuguita: Pero ¿algo que valga mucho?

Autor: Sí.

Te hemos hablado del valor de un Ferrari o de las sociedades desarrolladas a modo de ejemplo.

Pero, para que termines de interiorizar la idea de que la verdadera riqueza:

Nace de dentro, piensa en un cuadro.

Pollitortuguita: ¿Un cuadro de pintura?

Autor: Sí.

Un Picasso. Un Dalí. Un Van Gogh. Un Warhol.

¿Sabes que hay cuadros que valen más de cien millones de euros?

Y no son precios imaginarios, sino cantidades que se pagan y reciben cada día.

Pollitortuguita: Es que yo pinto del culo…

Tu Mejor Tú: Da igual, fenómeno. Es sólo un ejemplo.

Escoge tu obra millonaria favorita y pregúntate:

“¿Cuánto valían el lienzo y las pinturas que usó el artista antes de crearlo?”.

En el tiempo que le lleva al pintor terminar su obra, lo que tiene delante puede pasar a revalorizarse miles, e incluso, millones de veces.

Ahora bien, ¿de dónde procede dicho valor?

No de Dios.

No del Universo.

Ni de Loterías y Apuestas del Estado.

Dicho valor procede de la mente del pintor. De su genialidad.

Señor de los borregos: Sí. De la mente de un genio.

Autor: Correcto. Pero hay algo que se te ha olvidado decir.

Chica curiosa: ¿El qué?

Pues que:

Todos somos genios… en potencia.

El drama es que la inmensa mayoría de nosotros,

pasa por este planeta sin rozar siquiera dicha genialidad.

¿Por qué?

Porque, como te hemos repetido muchas veces, tendemos a profundizar en lo superfluo.

Añade a eso nuestra obsesión con consumir en lugar de producir y te saldrán las cuentas.

Por eso debes de seguir leyendo…

PDE-ML